8 de marzo de 2016

La doble crisis brasileña

La doble crisis brasileña
UESLEI MARCELINO / REUTERS

   Por Diego Bosch Mendoza*, del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT).

   MADRID, 8 Mar. (Notimérica) -

   Brasil vive en la actualidad una doble crisis de índole institucional y económica. Por un lado, la crisis institucional amenaza directamente bajo acusaciones de corrupción a la presidenta Dilma Roussef y al expresidente Lula Da Silva, el cual sonaba para postularse como candidato sucesor de Rousseff a las siguientes elecciones representando al Partido de los Trabajadores (PT). A su vez, Brasil se encuentra ante una crisis económica de envergadura, ya que durante 2015 la economía brasileña se contrajo un 3,8 por ciento, peor resultado desde 1990.

   De confirmarse la culpabilidad de Dilma y Lula estaríamos ante un gravísimo caso de corrupción por parte del Gobierno y sus allegados, de hecho, se presupone que sería el mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil, pero cuya lógica no es diferente a otros muchos casos de corrupción en el mundo. Para entender el porqué de este fenómeno conviene analizar la manera en la que la política es gestada en la actualidad.

   Es habitual que grandes partidos reciban financiación o pacten con consorcios empresariales para recibir el apoyo de estos durante la campaña electoral y de este modo alcanzar el poder. Sin embargo, esta ayuda no es gratuita, y una vez que los candidatos alcanzan el poder tienen que devolver los favores recibidos, sin los cuales nunca podrían haber afrontado los costes electorales y haber concebido una campaña efectiva. Además, mediante estos pactos aseguran cierta estabilidad para gobernar. Este condicionamiento de los partidos políticos es el origen de la corrupción generalizada que ha azotado a Brasil.

   He dicho anteriormente que la corrupción es consustancial a la manera en que la política es gestada actualmente, pero sin embargo, aunque la política haya adoptado matices diversos en la actualidad, la esencia clientelista no difiere mucho de la era decimonónica, en la cual se accedía al poder central después de pactar con distintos caciques, latifundistas o diversos hombres poderosos, para poder asegurar una base estable que permitiese la maniobrabilidad del país reduciendo las luchas intestinas entre distintas facciones.

   Aunque el análisis seria incompleto si situásemos la búsqueda de la estabilidad como el detonante de la corrupción, ya que aún más primigenio que este factor es la simple avaricia de unos grupos de poder que desean mejorar su situación explotando el Estado a su favor, y esta es una constante que nace con el surgimiento del Estado desde tiempos inmemoriales.

   Es obvio que conforme el concepto de democracia se ha ido extendiendo durante el siglo XX, y los gobernantes tienen que dar cuentas y conquistar una gran masa de votos, no pueden reproducir los modelos decimonónicos de clientelismo sin hacer enmiendas, y se ven obligados a hacer obras sociales para poder asegurar una base de clientes, ya que numéricamente el voto del más pobre cuenta como el del más rico.

   Y es en esta lógica donde se instalan las políticas asistencialistas de Lula, el cual habría encontrado en el asistencialismo la manera de consolidar un amplio número de votantes y, de confirmarse las acusaciones de la Operación Lava Jato, la estabilidad que su partido necesitaba completar, la habría conseguido pactando con una parte del alto empresariado y desviando para beneficio personal y de sus socios dinero público a través de esquemas de lavado de dinero asociados a Petrobras.

   Para explicar la crisis económica debemos remontarnos a Fernando Henrique Cardoso. Con este presidente Brasil adoptó un modelo liberal periférico, que supuso la progresiva reprimarización de un país que había alcanzado cuotas importantes de producción industrial durante el proceso de industrialización por substitución de importaciones.

   Este modelo de primarización fue incentivado por Lula Da Silva. Y así tenemos que en 2013 la combinación de commodities como mineral de hierro, petróleo crudo, soja, carne, azúcar y café representaron el 40 por ciento de las exportaciones, cuando en 2003 año en que Lula llegó al poder solo representaban el 22,9 por ciento. Es decir, el modelo de crecimiento de Lula se basó en las materias primas y el exceso de liquidez mundial, que permitía una ingente inversión extranjera en Brasil.

   Ante la crisis de 2008, este modelo liberal periférico se resintió, pues la inversión se contrajo y el modelo primario exportador comenzó a sufrir los efectos de la reducción del precio de commodities como el petróleo, y la progresiva disminución de la demanda china.

   Luego, los problemas económicos que vive hoy Brasil no son coyunturales, sino, estructurales. Aunque esto no quita que Dilma tomase decisiones incorrectas que agravaron la crisis, como el intentar reducir la creciente inflación imponiendo controles de precios que produjeron disfuncionalidades y redujeron la producción empresarial, pues, por ejemplo, la producción industrial cayó un 6,2 por ciento en 2015.

   Especialistas señalan que esta crisis será menos severa, aunque más larga que la que afectó a Brasil a comienzos de los noventa. El hecho de que el Ministerio de Hacienda apueste por incentivar el consumo doméstico como un pilar para revertir la crisis nos da una idea de lo complicado de la situación, ya que los ciudadanos ante las perspectivas grises han optado lógicamente por incrementar su ahorro, lo que no solo reduce los fondos prestables disminuyendo la inversión de las empresas, pues también reduce sus ventas agravando la crisis.

   Sin embargo, no todo es desesperanzador, Brasil no se encuentra en las mismas circunstancias de pasadas crisis. Los indicadores macroeconómicos son mucho más sólidos que antes. La inflación actual es de 10,6 por ciento, lo que contrasta con el 991 por ciento de 1992, es decir, el consumo interno no se retraerá tan significativamente como en la crisis de la década perdida.

   Además, las reservas del país son mucho mayores que las de entonces, por lo que hay margen para una política anticíclica que esta vez deberá cuidar la rentabilidad del gasto público, potenciando la industria y sus exportaciones para revertir los problemas del modelo productivo primario, ya que aunque la industria haya perdido peso en la economía posee una sólida base destacable a nivel latinoamericano la cual puede ser aprovechada. No olvidemos el ABC paulista, la zona franca de Manaus, o que la empresa Embraer es capaz de vender aviones a Francia o a EE.UU.

   También es fundamental mejorar progresivamente la productividad del empleo antes que cualquier política asistencialista que dependa del empleo de baja calidad para captar bases de apoyo.

   En definitiva, la doble crisis de Brasil no es coyuntural, sino, estructural, pues la crisis económica es producto de un modelo demasiado dependiente de la situación externa aplicado en los noventa, y por su parte, la crisis política ahonda sus raíces en el mismo arte de hacer política, es decir, en la intención manifiesta de grupos de poder de patrimonializar el Estado usándolo a su favor.

   Sea cual sea el resultado de las investigaciones, el fin de ciclo del PT, el descrédito de Lula y el aumento de la desafección política son irreversibles, independientemente de que Dilma acabe o no la legislatura, siendo su salida una opción plausible. Su caída significaría la caída de la presidenta más impopular de toda la historia de Brasil, lo cual no es de extrañar ante la doble crisis manifiesta.

   *Diego Bosch Mendoza, es investigador del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) de la Universidad de Alcalá e historiador por la misma universidad, donde ha realizado una maestría en 'Unión Europea y América Latina: Una cooperación estratégica' y actualmente realiza el programa de doctorado 'América Latina y la UE en el contexto internacional" también en la citada universidad.