2 de julio de 2009

Para los hondureños, golpes de Estado eran los de antes

Por Anahí Rama

TEGUCIGALPA (Reuters/EP) - Pocos días después del derrocamiento del presidente Manuel Zelaya, un jubilado que estaba sentado en una plaza de la capital de Honduras contó que durante el golpe de Estado de 1972 vio a personas muertas a manos de militares yaciendo en el pavimento cerca de allí.

Pero, más de tres décadas después, tras el golpe de Estado del domingo, el hombre de 61 años conversaba tranquilamente en ese mismo lugar con un amigo, mientras a media cuadra manifestantes exigían a gritos alrededor de la sede del Congreso la restitución del depuesto gobernante.

A diferencia de golpes pasados, no aparecieron el miércoles soldados ni policías a dispersar a manifestantes ni a disparar contra la gente a mansalva como en los viejos tiempos, cuando el empobrecido país sufrió un golpe tras otro por dos décadas hasta 1982.

Este derrocamiento post Guerra Fría parece un golpe a medias tintas, según algunos hondureños que vivieron días más turbulentos en levantamientos anteriores.

"En aquella época (1972), el presidente Ramón Villeda había formado una guardia civil que le era leal. Los militares lo tiraron, tomaron el poder y mataban a estos policías por la espalda, aquí mismo", dijo Jorge, que prefirió omitir su apellido debido a la situación reinante en el país.

En el primer día del Gobierno interino encabezado por Roberto Micheletti, a quien el Congreso instaló tras la expulsión de Zelaya, policías y soldados arrojaron el lunes gases lacrimógenos a manifestantes y dispararon balas de goma.

Pero la cosa no pasó a mayores.

Hasta el momento no ha cobrado víctimas el derrocamiento de Zelaya, una gran diferencia frente al pasado, cuando ocurrían desapariciones y masacres.

El Gobierno de Micheletti proclama que no se trató de un golpe de Estado, sino de una recuperación de la democracia en el país, pero Zelaya fue obligado a salir de la casa presidencial por militares y puesto en un avión rumbo a Costa Rica.

"Antes eran mucho más sangrientos, había una persecución generalizada sobre la población. Pero de que es golpe, es golpe. El hombre (Zelaya) fue sacado a punta de pistola de la presidencia", dijo Denis Zelaya, un maestro de 54 años.

"Pienso que ahora que Estados Unidos no respalda, la cosa no es tan fácil", reflexionó.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos respaldó muchos golpes de Estado en América Latina contra gobiernos izquierdistas.

Pero los tiempos cambiaron y Estados Unidos condenó firmemente el derrocamiento de Zelaya, reconoció al depuesto mandatario como único presidente y exhortó a que sea restituido al poder.

Zelaya fue derrocado después de una creciente oposición a su idea de convocar a una consulta popular que abriera paso a la reelección presidencial, que sus detractores veían como un intento de permanecer en el poder emulando a su aliado, el mandatario venezolano Hugo Chávez.

MICHELETTI NO ES PINOCHETTI

Incluso, Micheletti está muy lejos de la imagen de gobernante de facto déspota de Latinoamérica típico de las décadas de 1960 y 1970.

A Micheletti, partidarios de Zelaya le llaman despectivamente "Pinochetti" en alusión al dictador chileno Augusto Pinochet, que gobernó entre 1973 y 1990, pero su personalidad política luce más bien débil.

Micheletti, que encabeza muchas de sus frases con "le pido a Dios", ha quedado sumido en una complicada situación de aislamiento internacional porque casi ningún gobierno en el mundo lo reconoce.

"Aquí no hay un golpe de Estado, aquí están los tres poderes funcionando", insistió Micheletti, quien ha prometido entregar el poder en enero al vencedor de las elecciones generales de noviembre.

Aunque no ha habido muertes, el Gobierno interino ha impuesto un toque de queda y restringido derechos constitucionales, además de silenciar a radios y canales de televisión que no le son favorables.

"Es diferente este golpe, parece ser más bien un cambio. Antes, los militares sí eran duros. Lo que siempre es igual es que los pobres seguimos pobres", dijo resignado Francisco Andino, un anciano vendedor de comida en un puesto de un mercado capitalino.