2 de enero de 2019

Fanny, una colombiana a la que desahució la guerrilla primero y el banco después

Fanny, una colombiana a la que desahució la guerrilla primero y el banco después
NOTIMÉRICA

   MADRID, 2 Ene. (Notimérica - Lara Lussón)

   Fanny y su madre trabajaban en una fábrica de aceite en Nariño. Tenían una vida estable, con sueldos suficientemente buenos como para mantener a la familia con independencia. Todo se truncó cuando la guerra entre las FARC, los paramilitares y el Gobierno de Colombia se asomaron por sus tierras. Pasaron pocos días desde que supieron de la presencia de la guerrilla hasta que alguien llamó a su puerta para advertirles de que tenían apenas unas horas para coger sus pertenencias y abandonar su casa o de lo contrario ellos mismos les matarían. Huyeron a otra ciudad cercana, donde vivieron hasta que Fanny tomó la decisión de venirse a España.

   Tanto Fanny como su madre Amparo recuerdan aquel momento con horror. Toda una vida de trabajo que se venía abajo, obligándoles a dejar la casa para la que habían trabajado tanto; "el hogar en el que habían formado una familia", tal y como recuerdan a Notimérica ahora desde el salón del piso que Cáritas les ha ofrecido y en el que viven desde hace cerca de año y medio. Amparo no para de tejer. Una manta rosa para no volver a pasar frío. El salón está repleto de fotografías enormes hechas cuadro de cada uno de los cuatro hijos de Fanny. En ese salón la familia pudo rehacer su vida tras enfrentarse, después de que la guerrilla les sacara de su casa, a un nuevo desahucio en España.

   Fanny vino hace veintiún años y cayó aquí con el pie derecho, pues nada más llegar encontró trabajo. A los pocos años regularizó su situación y pudo invertir en la compra de una casa a la que traer a sus cuatro hijos y a su madre. El sueño dorado del inmigrante se desarrollaba en su caso sin altibajos, pero cuando todo cambió lo hizo de golpe. La crisis le arrebató su trabajo, su casa y se vio en la calle con toda su familia a su cargo. Un segundo desahucio que supuso para Fanny un "trauma" aún mayor que el primero. "Cuando entraron aquellos hombres a nuestras tierras y nos obligaron a marchar sabía que no teníamos alternativa, pero que el banco me quitase la casa aquí en España para la que había trabajado más de quince años fue mucho más difícil de asumir", relata ahora, mientras busca más fotos de sus hijos para enseñar.

   Es una madre orgullosa que al quedarse en paro se vio obligada a alquilar dos habitaciones en un piso compartido con otras personas. Allí se metieron los seis mientras el paro de Fanny duró y gracias a la ayuda de algún trabajo esporádico que pudieran realizar los hijos, pero llegó un momento en que el los ingresos se redujeron aún más drásticamente. A Fanny se le terminaron los dos años de desempleo a los que tenía derecho y la ayuda de 426 euros que le otorgaba el Gobierno por encontrarse en situación de máxima precariedad y sin recibir ninguna otra prestación ya no fue suficiente.

   Tuvieron que dejar el piso, pues la dueña que se lo alquilaba "no entendía de situaciones fáciles o difíciles, ella solo quería dinero". Si no se vieron en la calle fue gracias a la caridad de Pedro, el dueño de un bar cercano a la que había sido la casa de Fanny y su familia en Carabanchel. Sus tres hijos mayores pasaban el día buscando empleo mientras Fanny, Amparo y su hija pequeña, aún en el instituto, recorrían diferentes iglesias, comedores y centros sociales en busca de algún tipo de ayuda.

   Poco antes de que el bar cerrase, sobre las doce de la noche, regresaban hasta allí para comer algo y esperar a que Pedro echase el cierre. Cuando la verja se bajaba, la familia montaba su pequeño campamento improvisado. Unos colchones, varias mantas y los pijamas más abrigados que pudieron encontrar. Así estuvieron más de un mes, hasta que Cáritas pudo alojarles en un piso de los diferentes residenciales que tiene distribuidos por la capital.

   Si la organización religiosa tardó tanto tiempo en darles un hogar fue porque la situación con respecto a los desahucios sigue desbordando al sistema de ayudas y caridad año a año. Por poner algunas cifras, en 2018 se produjeron más de 70.000 desahucios en toda España y en lo que respecta a Madrid un 27 por ciento de la población está "a las puertas del desahucio", tal y como denuncia la subdirectora del servicio de Vivienda de Cáritas, Rosalía Portela, quien también alerta de que un 60 por ciento de quienes perciben la Renta Mínima de Inserción también corren el mismo riesgo.

FORMACIÓN PARA UNA NUEVA OPORTUNIDAD

   Los expertos dicen que la vivienda genera la tormenta perfecta de la exclusión. Que uno pierda su casa no implica solo dejar de tener un techo bajo el que resguardarse, sino perder autoestima, lazos, irse alejando del tejido social al que se pertenecía a pasos agigantados. Así se encontraban Fanny y su familia cuando les llegó una nueva oportunidad, esta vez la tercera. Tras haberlo solicitado varios meses antes, en verano de 2016 Fanny, Amparo y la niña se mudaron al centro residencial Sínodo, un gran edificio de colores ubicado en el distrito de Latina que dispone de 60 viviendas.

   Allí viven desde hace un año y medio, tratando de rehacer sus vidas y buscando las vías para dejar lo antes posible ese piso libre. Para ello, Fanny decidió aprovechar los programas de formación que tiene Cáritas y se puso a estudiar nada más llegar. Se sacó el título de Técnico Socio-sanitario para poder trabajar en residencias y en el cuidado de mayores y tras obtenerlo Cáritas le dio también la oportunidad de hacer aquello que siempre había soñado: tanatoestética. Maquillaje de cadáveres.

   La idea es que el apartamento de Sínodo sea algo temporal, pero hay que tener mucho cuidado con eso, tal y como alertan desde la propia organización. No tendría sentido que alguien abandonase los pisos sin tener la plena convicción de que podrán insertarse de nuevo en el tejido social sin que exista riesgo de exclusión. Por el momento Fanny recibe un salario de 600 euros trabajando a media jornada para una empresa que ofrece asistencia a domicilio a personas mayores. Y aunque las facturas que paga en el residencial son representativas, también suponen un gasto en concepto de alquiler, agua, luz y gas.

   Con ese sueldo, la realidad es que si ahora abandonan el residencial posiblemente vuelvan a ser excluidas. Así que por el momento siguen ahí, sin fecha para marcharse porque nadie les obliga, pero con ganas de hacerlo. "El proyecto es marchar para dar oportunidad a otros que están en la misma situación", afirma Fanny. Ella está agradecida a la oportunidad que le dio la vida al venir a España y a la que le está ofreciendo de nuevo. Va por las mañanas de casa en casa y por las tardes termina de formarse para encontrar el trabajo que le permita volver a ser independiente y autosuficiente. "Ya estoy profesionalmente preparada, así que si me sale un trabajo con el que poder hacer frente a los gastos, nos moveremos", sentencia.

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