22 de octubre de 2016

Firma invitada | Un recuerdo molesto. ¿Para qué sirvió el 12 de octubre?

12 de octubre, tragedia pública con tintes de comedia vieja, alegoría elocuente de

lo que fuimos, de lo que somos y de lo que pretendemos ser. Pasados unos días, es

posible sustraerse de la bacanal patria y mirar con perspectiva. Se nos viene a la retina

una orgía confusa de imágenes sin tiempo: Rodrigo de Triana grita ¡Tierra!, marchan los

descontentos contra el Imperialismo por el paseo de Gràcia, los hombres de Cortés

arrasan Tlatlelolco, la cabra rojigualda desfila ante una wiphala colorida. Demente

sinsentido, repleto de sentidos contrariados: trifulcas subterráneas, ediles rebeldes,

colones denostados y mucha gente en casa. Entre bastidores, amparados en el ruido y el

delirio colectivo, los viejos partidos negocian las condiciones en que claudica la España

que tal vez pudo haber sido.

El pasado miércoles asistimos, una vez más, a la escenificación de un vínculo

mágico, todavía incomprendido, que conecta el pasado recordado, el presente vivido y

los múltiples futuros imaginados. No es necesario usar de perspicacia para apreciar que

las violentas disputas sobre el sentido del 12 de octubre (¿gloria nacional o genocidio

colonial?) remiten a los conflictos territoriales, civiles y sociales que hoy ponen en

cuestión la existencia misma de España como proyecto político y como comunidad

nacional. Las viejas cicatrices y las heridas sangrantes se dieron cita en la arena

pública, y cada cual rescató del olvido la memoria que convenía a su voluntad y a su

interés. La historia plural, problemática y ambivalente que se esconde detrás de la fecha

rememorada, quedó fragmentada en un conjunto de relatos simplificadores: desde un

autocomplaciente nacionalismo hasta las no menos parciales retóricas de la resistencia y

el genocidio.

El discurso oficial vertido desde los órganos gubernamentales y desde algunos

medios hace evidente la instrumentalización del "Descubrimiento" por parte del

nacionalismo español. Es un fenómeno viejo: desde el siglo XIX las historias

nacionales modelaron una serie de relatos sobre el descubrimiento, la conquista y la

colonización de América con la intención expresa de convertirlos en sostén de un cierto

consenso nacionalista. Si otros referentes históricos como la Monarquía, el

parlamentarismo o la religión no podían poner de acuerdo a liberales, conservadores,

republicanos o monárquicos, la historia de cómo "España" supuestamente había

descubierto y civilizado a todo un continente ofrecía los ingredientes necesarios para un

precario acuerdo de memorias. De ahí, en buena medida, que la fecha marcada como

fiesta nacional (Día de la Raza, luego de la Hispanidad) fuera el 12 de octubre. Los

historiadores e intelectuales liberales se dedicaron a reivindicar la labor civilizatoria de

España como madre de naciones y el carácter legalista, humanitario, democratizador e

integrador de su colonialismo. Los conservadores y más tarde el franquismo, añadieron

a esta lectura elementos castrenses y religiosos, loando el papel de España como

evangelizadora y Madre espiritual. La Transición reactualizó el relato sin alterarlo en su

esencia, moderando sus alusiones a los hechos violentos, esgrimiendo el olvido ante las

inconveniencias de las muertes a millones, renunciando en parte a la retórica de la

civilización y reivindicando el vacío y esquivo concepto de "encuentro". España se ha

presentado como un inocuo puente entre Europa y América. Este relato colonialista y

nacionalista ha ofrecido importantes ventajas narrativas: aparece un país unido,

disfrazada su pluralidad, se acrecienta el prestigio internacional del mismo y se defiende

su papel en la Historia Universal.

La otra cara de la moneda la encontramos en los discursos anticoloniales basados

en las ideas de genocidio y resistencia. Estas corrientes han planteado un relato

contrario, no menos poético, parcial y subjetivo. Poniéndose del lado de las llamadas

"víctimas del colonialismo", los actores de la emergencia indígena, una parte de las

fuerzas de izquierda y una larga ristra de intelectuales (Galeano, Bengoa, Dussel,

Mignolo, Retamar, etc.) han defendido que España fue el primer agente del

imperialismo europeo, que cometió un genocidio físico y cultural y que debe pedir

disculpas ante los pueblos colonizados. Según esta corriente, el país ibérico,

representado como un Estado colonial militarizado y unitario, atentó contra la identidad

esencial de las culturas indígenas e inició un proceso de exterminio y control, solo

contrapesado por la heroica resistencia de las mismas. Este relato sitúa a España como

un agente de barbarie y de violencia, que habría desarticulado civilizaciones avanzadas,

pacíficas y unidas frente al invasor.

Ambas interpretaciones son constitutivamente coloniales (se les añadan los

prefijos que se quieran), porque ambas parten de una visión dual que contrapone a

"colonizador" y "colonizado", a los "españoles" y los "indígenas", a "México" y

"España", a "América" y "Europa". Todos ellos aparecen como sujetos históricos

irremediablemente enfrentados. Ambas visiones ocultan la diversidad constitutiva de un

tiempo en que España no existía como Estado-Nación, sino como conjunto de reinos y

sociedades heterogéneas, en que no existían indígenas, sino múltiples comunidades de

enorme complejidad político-cultural (aztecas, mapuches, quechuas, tlaxcaltecas,

guaraníes, incas, tojolabales, lacandones y un largo etcétera). Visiones parciales al

servicio de intenciones y polémicas cortoplacistas. Descolonizar el relato del 12 de

octubre y de sus secuelas debe pasar por cambiar el sujeto de nuestras historias, por

humanizarlo: de las naciones y los pueblos convendría poner el foco en las personas, en

los seres concretos que participaron los procesos terriblemente violentos que

desencadenó la llegada del marino genovés. Mirar sin lentes coloniales o anticoloniales

este pasado nos abriría una compleja historia de negociaciones, hibridaciones y

conflictos cuyos bandos no se definen por la pertenencia a una cultura sino por una

intrincada red de relaciones interétnicas de poder.

Una reflexión de tamaño calibre requeriría de un ejercicio institucional y cívico de

memorialización e investigación que ya se está realizando en otros países del espacio

atlántico. Sus implicaciones irían más allá de cualquier celebración o acto de contrición,

nos permitirían pensar desde la profundidad y en el largo plazo quiénes fueron, quiénes

somos y quiénes queremos ser. Tendrían la potencialidad de convertir nuestras amargas

luchas de memoria en una reflexión sobre el devenir de las democracias occidentales y

sobre la obsolescencia de los Estados-Nación como marcos de participación política y

pertenencia identitaria. Repensar el 12 de octubre serviría de mucho.

Algunos, por otro lado, han propuesto el traslado de la fiesta nacional a una fecha

"consensuada", capaz de reagrupar las sensibilidades de los españoles y que, como

pidió Juan Carlos Monedero, "no moleste". Hace ya un año Íñigo Errejón proponía

resituar el festejo nacional el 19 de marzo, para conmemorar el momento constituyente

de Cádiz, en 1812. Nadie puede negar que la llamada "Pepa" es un punto referencial en

la historia del liberalismo español. Pero el líder político callaba que esta Constitución

limitaba la ciudadanía a grandes masas de población en razón de su ascendencia

africana o de su género. También olvidaba que la Constitución que se pretendía de todos

los españoles de "ambos hemisferios" ofreció una representación muy limitada a los

reinos americanos, impulsando la independencia. Ni mencionar tiene que ese mismo

texto inicia la tradición de una larga serie de constituciones que hasta la del 78 no le dan

una solución satisfactoria al problema de la articulación territorial del país. Como

vemos, cualquier fecha elegida puede ser objeto de debate y de crítica. La cuestión es

aprovechar dicho debate de manera constructiva.